domingo, 25 de noviembre de 2012

CRZ




Qué podría decir de un escritor tan genial como Carlos Ruiz Zafón? que además es compositor?, que es uno de mis favoritos? o que, inequívocamente es mi favorito?.

No soy muy fiel, quiero decir, fuera del matrimonio o de los círculos afectivos fuertes y consolidados  como por ejemplo el de la verdadera amistad, aunque con menos también se vive. Normalmente me gusta variar de autores, de músicos, de pintores, de actores, de directores...de ropa y de calzado, incluso de estilo, así es que me cuesta decir que uno en concreto es, mi favorito. Cuando me gustan, repito y salgo a comprar su última novela, o la anterior a la última que leí, con lo cual, me fidelizo pero sin que sean exclusivos y únicos para mí. La exclusividad no debería existir en realidad en un mundo donde cada autor tiene algo que decirnos,  aunque sí pienso que debe haber un momento especial para cada historia. Otra cosa es que tenga tiempo para escuchar de todo.
Sin embargo hay algo para lo que sí necesito secuestrar tiempo y hacer de la inmortalidad mi rehén. Es la única ambición que me queda al final, cuando siento que muero, resulta que ambiciono la vida.

En la primera página de El juego del ángel, escribe bajo la lucidez que le caracteriza:  "un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo a su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio"

Qué pensáis del dulce veneno de la vanidad?



domingo, 18 de noviembre de 2012

Como una ola


El otro día el mar galopó una vez más sobre el asfalto. Se sacudió con ímpetu los reflejos de la monarquía autóctona, la de aquéllos paraísos fiscales. No muy lejos, en el grisáceo y tornasolado horizonte se debatían bajo las nubes, cuánticas fusiones entre borreguitos de mar y acreedores transatlánticos.

Su faceta masculina (el mar) y su faceta femenina (la mar), se manifestaron como poseídos  sin remedio al unisono en forma de picantes tirabuzones de espuma y sal.
Consciente e irritado de sus clásicos azules, solicitó la inquisidora piel del bogavante rojo, avergonzado de tanto cristalino finlandés y alemán posado sobre sus archiespañolas leyendas de barquitos de papel venidos a más para total, naufragar con delirio.
O de esas otras leyendas, no menos pasionales...la de los arrecifes de ladrillos que fueron vilmente traspasados por el tiburón de los mares de Spielberg y en la que no faltaron tras de sí, miles de mutilados que ahora constan, en las listas donde la espera es sideralmente negra.
Ola a ola, inundó las calles de bogavantes rojos, humillados por la justicia que aplican los piratas de atuendos aristocráticos al propinar tan descabellados trasquilones en la educación de sus marineros, en el progreso de los navíos que, de tanto en tanto, sus hélices quirúrgicas ha de menester cuando la sal corrosiona en exceso la vida del bogavante rojo y la de los pensionistas, los lobos del mar, abocados a desvirtuar sus vidas sobre el miserable y triste vaivén de una muerte en patera, después de todo...

Indolente, se vació sobre el asfalto, aún sabiendo, aún conociendo de otras veces que, donde no hay pirata no manda marinero.


Como una ola.

Pienso en el fastidio de los bogavantes, aunque aquel día trabajé pero no como todos los días. Son tiempos extraños en los que nuestras voces quedan extraviadas, aturdidas por el peso de la realidad, la incertidumbre y la desconfianza. Demasiados intereses en todo.