martes, 11 de julio de 2017

Distintas formas de mirar el agua

Julio Llamazares es de los escritores que piensa que una historia no se elige, que es la historia la que te elige a ti, y creo que esto se puede extrapolar a muchos lectores pues siempre he pensado que son los libros los que nos eligen a nosotros, excepto cuando alguien te los regala o te presta el último libro que ha leído pensando que a ti te va a llenar tanto como a él o a ella.

Una de las personas que más acertaron poniéndome un libro entre las manos fue mi abuela, yo en cambio, soy bastante incapaz de acertar regalando un libro y seguramente es por la convicción de la que hablaba al principio.

A veces nos reuníamos en la terraza del Majestic, muy cerca de la Casa del Libro, nos tomábamos algo rápido porque aunque fuese mi abuela en ocasiones tenía más prisa que yo y así, en un soplo de justicia abuela-nieta hablábamos de nuestras vidas. Nunca me resistí a su elegancia, y cuando digo elegancia, no me refiero a esa elegancia que se puede aprender, no, ella nació elegante sin pretensión, y esto visto lo visto, es como un aura que por mucho que se intente imitar no se acaba de perpetrar ni aun teniendo dinero. Defendía encarecidamente la belleza natural, y me encantaba su aptitud para poner la mirada en el tiempo, me cautivaban sus conversaciones, me hablaba de pinturas de exposiciones de libros de películas de actores y actrices, escuchábamos música clásica y me enseñaba, me enseñaba cosas realmente agradables, y compartíamos sensaciones y emociones, también es cierto que coincidíamos en muchas cosas y en otras nos escuchábamos, yo escuchaba especialmente su sonrisa reservada siempre al presente, alimentando el futuro, no lo invocaba pero lo convocaba y me parecía encantadora por eso.

Debí aprender mucho más de ella, debí escucharla más cuando me decía: viaja, no dejes de viajar, vuelve a Italia, ves a Tokio, a París, y a Londres,  tendrías que seguir aprendiendo idiomas y viendo mundo; me lo decía ella, que en la infancia cruzó los pirineos para acogerse a una escuela de Francia, huérfana de padre y dejando a su madre en plena guerra civil sola en Barcelona, cruzó junto a su hermana y unos veinte niños más los pirineos a pie, descalzos, sin apenas comida, al llegar enfermó tanto que casi murió...en medio de la guerra, mi bisabuela no daba con ella, se me deshacen los ojos leyendo la correspondencia que mi bisabuela se cruzaba con la Cruz Roja para tener noticias de ella y de su otra hija, creo que colaboraré toda mi vida con la Cruz Roja, por esto y por lo que han hecho siempre.

La solución para mi bisabuela tan de Esquerra Repúblicana ella, en medio de ese escenario bélico, enviudada en un piso de cinco habitaciones y dos hijas a buen recaudo pero sin noticias de ellas, fue casarse con un americano; él se enamoró de ella y adoptó a sus hijas, fue a buscarlas a Francia, a mi abuela y a su hermana, al llegar a Francia las separaron y su hermana un poco más pequeña que ella se la llevaron a otra escuela con menos suerte que mi abuela pues estuvieron apunto de adoptarla unos extranjeros y de haber sido así, quizás nunca la hubiese conocido yo. El americano vino casi con la paz y les hizo de buen padre en la postguerra, las educó tan amablemente como pudo, sin embargo mi abuela, no pudo olvidar a su padre.

Dos noches antes de morir, mi abuela me habló otra vez de su padre, la invité a ello, pensé que hablar de él la reconfortaría, le aliviaría quizás su miedo a la muerte a cambio de ese deseo de reecontrarse con él. Este era su punto más débil, nunca fue capaz de hablarme de la muerte, ni el día que murió su hermana, ni el día que murió su hermano, ni mi abuelo o una de sus nietas, ni siquiera unas horas antes de morir, cuando ella se daba por vencida, no nos dijo quiero que me entierren aquí o allí, tampoco supe nunca si quería ser incinerada, obviamente estos detalles eran producto de su elegancia en bruto, elegancia que a mí me afectó mucho al ver su féretro en el crematorio: junto a su cuerpo había dos difuntos más dispuestos a entrar en los crematorios, no pude aguantarlo, nadie me obligaba a estar allí, excepto la conciencia de no acompañarla hasta el final, ella pobre, que ya no estaba!

Unos minutos antes, acababa de verla detrás del cristal que enmarcaba su cuerpo dentro de la caja y, no puedo decir que estaba en paz aunque lo parecía, no puedo decir que descansaba en un placentero sueño, para mí estaba muerta y las flores olían a un ambientador que me parecía potencialmente turbador y de malgusto, su cuerpo refrigerado no le quitaba dignidad, le aumentaba por momentos y pensarlo me parecidó sádico por mi parte, llegué a mirarla como cuando uno mira por primera vez una escultura de Miguel Ángel o de Bernini, algo en mí surgía para deplomarse gélidamente.

Creí que no podría leerle el poema de "por quién doblan las campanas", pero lo hice, lo hice como aquella vez en la que ella me la leyó a mí un martes por la tarde, recuerdo que era martes porque los martes yo salía del colegio y me iba a comer a su casa y mi abuelo que salía un poco más tarde del trabajo mi abuela me acercaba el teléfono que mi abuelo tenía junto a la olivetti y me hacía llamarlo por teléfono, dile que ya estás en casa y que lo esperas..

Siento añoranza, no es pena, es anhelo, dicen que el anhelo es tristeza pero en mi caso yo sólo anhelo su cariño y su amor, creo que si ahora no lo sintiera me moriría; y necesito ir a su casa, aunque sea a ratos una o dos veces por semana, abro sus ventanas y dejo que el aire y lo inunde todo, sus muebles, sus pinturas tan bonitas en su composición con ese colorido que sólo ella sabía combinar, sus libros, sus camisones, me siento unos instantes junto a la terraza y de repente su voz regresa a mi y lo hace con una cadencia de gran madre, filtrándose en mi sombra, la sombra de su nieta, acaronando mi tez, inclinando mi dolor, es como un suspiro de paz, y es el entendimiento profundo de por qué los franceses llaman a sus abuelas grand mère y a sus abuelos grand père.. cenizas...cenizas...cómo pude dejar que se convirtiera en cenizas...no sé cómo lo hicimos, pero lo hicimos.

 En "Distintas formas de mirar el agua", Julio Llamazares ha dejado un pregunta en su contraportada:

¿Puedes regresar a un lugar del que nunca te marchaste?

"La gente no sabe muchas veces lo que debajo del agua se oculta ni la historia que se borró para siempre con la demolición del último de los pueblos que aquí existieron. De ahí que algunos exclamen mientras lo contemplan: ¡Qué bonito! y que triste añado yo."

En medio de un paisaje hermoso y desolador, la muerte del abuelo reúne a todos los miembros de una familia. Junto al pantano que anegó su hogar hace casi medio siglo y donde reposarán para siempre las cenizas de Domingo, cada uno reflexiona en silencio sobre su relación con él y con los demás, y sobre todo cómo el destierro marcó la existencia de todos ellos.

Desde la abuela a la nieta más pequeña, desde el recuerdo de la aldea que los mayores se vieron obligados a abandonar a las historias y pensamientos de los más jóvenes, esta novela es el relato coral de unas vidas sin vuelta atrás, una caleidoscopio narrativo y teatral al que la superficie del pantano sirve de espejo.

No existe una única forma de ver el agua, pero el sentimiento de desarraigo, de exilio definitivo, ha permeado gota a gota en esta familia, generación tras generación. Tal vez porque ningún lugar duele tanto como aquel al que jamás podrás volver si no es desde el recuerdo o una vez muerto. Pero lo importante es regresar, como Ulises a Ítaca. No importa cómo ni de qué forma.

jueves, 6 de julio de 2017

Agua sexual (Pablo Neruda)


 Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones,
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del
alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
un movimiento agudo,
haciéndose, espesándose,
cae el agua,
a goterones lentos,
hacia su mar, hacia su seco océano,
hacia su ola sin agua.

Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
bodegas, cigarras,
poblaciones, estímulos,
habitaciones, niñas
durmiendo con las manos en el corazón,
soñando con bandidos, con incendios,
veo barcos,
veo árboles de médula
erizados como gatos rabiosos,
veo sangre, puñales y medias de mujer,
y pelos de hombre,
veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y órganos y hoteles.

Veo los sueños sigilosos,
admito los postreros días,
y también los orígenes, y también los recuerdos,
como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy mirando.

Y entonces hay este sonido:
un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

Estoy mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma
en la tierra,
y con las dos mitades del alma miro al mundo.

y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
veo caer un agua sorda,
a goterones sordos.
Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espermas y medusas.
Veo correr un arco iris turbio.

Veo pasar sus aguas a través de los huesos.