martes, 1 de noviembre de 2011

Il Vento

Se va,
todo se va.
No lo podemos frenar.
Todo lo que se va,
tiene que irse.



Las imágenes han dado la vuelta al mundo. Hace unos días Marco Simoncelli perdió la vida en la carrera de Sepang en Malasia.
Mis retinas se quedaron congeladas en la curva número once del circuito, presenciando una absurda caída que le costaría la vida....en ese fatídico instante, un escalofrío recorrió mis piernas de arriba a abajo y una sensación pétrea se instaló en mi cuerpo durante varios minutos, me quedé literalmente "pillada" en esa curva, de hecho creo que todavía no he salido de ella. Día sí y día también esas imágenes regresan a mi mente en cualquier instante del día y es que,  pasarán días, antes no me quite de la cabeza a Simoncelli y a su familia.

Su juventud y sus ganas de vivir fueron motivos totalmente estériles en ese último segundo en que todo terminó para  Supersic.

Hace tiempo que he aceptado la apariencia de la muerte,  lo que no logro superar es ese último segundo, brutal, irreversible y titánico que nos llena de impotencia, una impotencia teñida de rabia y de dolor...ese último segundo que sentencia que nada importa nada y menos, todo lo que hayas hecho o hayas dejado de hacer para vivir. En un segundo, todo lo que has aprendido y todo lo que te queda por aprender, todo lo que amas, todo lo que has sudado, luchado, batallado y celebrado, llorado, codiciado o soñado...todo, absolutamente todo...se va!, ya puedes ser un ángel o no lucir una alas angelicales, a ella, a la vida,  no le supone nada lo bueno o lo malo que hayas sido, ni el bien que hayas hecho,la vida es sensiblemente imparcial en el último segundo.

No, no es la muerte lo que a mí me destroza el alma, a mí lo que me mete en un agujero negro por unos días es pensar en toda la vida que se ha quedado en esa curva...su sonrisa, sus ganas de comerse el mundo, sus amigos, su novia, sus padres, su familia...y hay tantas y tantas curvas y rectas...ramos de flores que nos cruzamos colgados en un poste, flores frescas que nunca se marchitan, que gritan con su frescura viva el dolor de una ausencia inolvidable, esas vidas rotas que no vemos romperse pero que ahí dejan familias huérfanas, padres muertos en vida...amigos con el  alma fracturada para siempre como dijo la madre de Valentino Rossi.

No, cuando pienso en la muerte ya no pienso en el claustofóbico ataúd,  ni en la mesa fría del forense,  no pienso en las estatuas aladas ni en los cipreses que llenan de paz e intimidad un cementerio...yo ya no le tengo miedo a la estética pacífica de la muerte ni a su antiestética intimidad, a mí lo que me da fobia, pánico, terror, miedo e impotencia supina es lo drástica que llega a ser la vida, lo tajante y prepotente que llega a ser con todos nosotros cuando decide que se terminó, en un segundo de arrebato letal, porque sí...

Con su pelo revuelto que le daba el carácter de un león arriesgado y valiente, un metro ochenta y dos centímetros de estatura, setenta y seis kilos, veinticuatro años y una sonrisa que la vida le quitó con la misma imparcialidad con la que se la dibujó. Nos dejó. Se fue.



Tremendo ciao, SUPERSIC...