lunes, 7 de abril de 2014

El velo de mármol

Giovanni Strazza


Strazza

Rafaello Monti


Izquierda a derecha Giovanni Maria Benzoni y Raffaello Monti


Antonio Corradini 




Giuseppe Sanmartino



Fidias, escultor, arquitecto y pintor alabado desde la antigua Grecia, fue el percusor de esta técnica con la que consiguió superponer una imagen de mármol encima de otra, ya que se trata de una misma pieza. Es la técnica del paño mojado: tacto, sensibilidad, transparencia y perfección.   


9 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué pasada!. No sé cuantos días me pasaré a ver estas maravillas y mucho mas, acompañadas de esta excelente música. Eres una artista. Me he pasado más de 45 minutos en contemplación y tres horas oyendo y pensando, aunque ya sé que la música finalizó cuando no tuvieron mas bemoles de poderla continuar. Mi mente la tenía en mis -creo- 28 años que pasé unos días en Grecia, aunque haciendo cosas que no tienen nada que ver con esto. Un besazo. R

Gemma dijo...

Hola, R.

Es preciosa desde el principio y cómo crece, como entra, sale y se entromete, vacila, te vacila! y te seduce, te apasiona y te inspira... lo malo, o lo bueno según se mire, es que cuando la escucho me deja al final sin palabras, pienso: si no vas a decir algo más extraordinario que la suite de Bach, mejor cállate y que le luzca el pelo a Bach! :D y así me ha quedado el post, no pude estarme sin embargo de hacer un breve apunte sobre los paños mojados, y es que me parece tan maravilloso manejar así el mármol...decía Miguel Ángel que la obra ya está dentro del bloque de mármol que sólo hay que quitarle el sobrante, si lo piensas detenidamente es poesía.

Es posible ahora que lo dices que no tuvieran más bemoles de poderla continuar? yo creo que el final está exactamente conducido y meditado.

Gracias por tu espontaneidad y por tu tiempo :D

Un abrazo.

Juan Antonio H. dijo...

No se porque todas las imágenes tienen los ojos cerrados, a mi me recuerdan a las que hay en algunos cementerios.
Hecha esta observación, me parecen de una dificultad y belleza extraordinaria.
Besos

Gemma dijo...

Toda observación e interpretación es buena, aunque siempre haya otra...En mi opinión la magnificencia de estas esculturas recaen en el velo, porque el velo en sí, nos invita a desvelar algo más. Obsérvalas de nuevo, no todas tienen los ojos cerrados ;-)

Un abrazo, Juan Antonio.


Miguel dijo...

Conocía la técnica de ropa mojada de los griegos, pero esto no lo conocía. Y ciertamente me ha impresionado.
Gracias por darme la posibilidad de acercarme a estas maravillas artísticas.

Un beso.

Rafael C. dijo...

Cuando ví la primera imagen con el velo, me quedé yo petrificado de la impresión, ya que uno se imagina cómo se ha podido hacer semejante escultura, al contemplar el resto de la fotos que has incluido parece que la la cosa se va normalizando incluso más cuando descubres una cierta técnica artística así hasta acabando en cierta medida horrorizado por producirme una sensación de desasosiego por la contemplación del patetismo, de la pena, de la muerte...
Me gusta más la sensibilidad de Antonio Canova en otras obras en el que las figuras del mármol casi se presentan afectadas por una especie de danza detenida, digamos que más amable o de otra temática.

Gemma dijo...

A mí también me impresionaron mucho Miguel.

Disculpa el retraso, estuve fuera toda la semana.


Besos.

Francesc Cornadó dijo...

La contemplación de la belleza requiere ciertas veladuras, filtros necesarios que nos protejan de su acometida. Precisa alguna estratagema real, efectiva y protectora. Podemos servirnos de cualquier cosa que tengamos al alcance, de algún elemento que tamice su visión diáfana, a sabiendas de que los velos son artificios casi siempre engañosos.

Los espíritus románticos se sirvieron de los sentimientos, los interpusieron entre la faz de la belleza y nuestra razón, con las emociones matizaron la luz deslumbrante de su mirada. Con un velo más o menos vaporoso consiguieron seguridad a costa de la claridad de las visiones, se perdió la precisión del detalle. El velo de los sentimientos dispuso sobre lo bello una vaga viscosidad encubridora. El arte quiso conservar el dato, la trama y el argumento y para ello, tendió sobre la forma una tumefacción borrosa. La representación de la naturaleza ya no captaba perfiles nítidos y precisos, ni la pureza luminosa y metálica de los horizontes lejanos. El arte apostó por la emoción, la migraña, la angustia y el delirio sensual.

Más al norte el arte ganaba en turbiedad, hasta llegar a las brumas de Constable y de Turner. Aquellas tormentas que levantaban olas tremendas y en la tierra sacudían follajes y postigos de ventanas, dejaban sobre la forma la incertidumbre de los perfiles y la atonía húmeda del aire lo enmascaraba todo. Las nieblas grises y espesas enturbiaban el aire y en medio de este ambiente, los corazones suspiraban al ritmo de los vientos fríos y racheados.

Las arenas románticas con sus granitos de cuarzo, emotividad, feldespato y emociones baldías erosionaban los mármoles clásicos. Se marchitaban los ramos de flores, languidecían las señoritas y los colores encalados de las fachadas se tornaban amarillentos. Bajo las acacias ya no sonaba el pífano, solo el rumor de los pasos del wanderer envuelto en aromas de bosque umbrío.

Los crepúsculos eran, ahora, violáceos y demasiado densos. Presagiaban noches de himnos recuperados, los cuerpos parecían responder con melancolía, con reumas, cojeras y palidez. Luego vino la tisis.

Al alba un aire tiznado cubría los campos de patatas hasta la hora del Angelus, en que los campesinos rezaban esperando a Jean Françoise Millet. Incluso los terrones tocados por el sol parecían fríos como la nostalgia o la moridera.

Inmerso en la espesura de la niebla romántica, Berlioz se aventuraba a leer los poemas de Virgilio. Llamaba a las musas. ¡Ah, pobres hijas de Zeus! Cómo iban a acudir por aquellos andurriales tan fríos. De aquellos vientos vinieron sus sinfonías fantásticas. Un horror.

A pesar del frío, la forma romántica se durmió con la piel humedecida por un sudor tibio que desdibujaba su tersura, incluso los desnudos parecían cubiertos por ropajes invisibles.

¿Insinuación en la Olimpia de Manet o pudor? Perífrasis al baño maría que los prerrafaelitas degustaron como un melocotón en almíbar. Manjares dulzones.

Hay, sin embargo, un estertor monótono, una respiración profunda que parece sorber los aromas fuertes de las violetas, del pescado y la coliflor. Como las formas en desproporción, como el arrebato desmedido, todo adquiere una intensidad desmesurada que hiere como hieren los amores apasionados.

A pesar de los efectos depresivos, de la melancolía inútil y de la exaltación sin causa, el romanticismo tiene una inducción beneficiosa pues protege la piel de la mirada de la Medusa, la Belleza. Esta protección que el hombre busca es tan lícita como hermosa es la música de Schubert.

El ser humano se protege con las armonías áureas de los clásicos y con las veladuras románticas y también con la contradicción a la sombra de la Victoria de Samotracia, del Auriga de Delfos, del Tondo Doni, del Gattamelata y del capitel dórico -cinco obras- y con el eco de un Impromptu de Schumann -una obra.
Un abrazo
Francesc Cornadó

Gemma dijo...

Sí, así es, ciertas veladuras suavizan la mirada de la Gorgona. Tu escrito es fascinante.

El ser humano se protege, recurre a las veladuras, al escepticismo incluso, pero igual que el niño siempre vuelve a sus juguetes el artista no puede contradecir su arrebato, su sentir, su emanación.
El artista no piensa, siente.
Siente el romanticismo y puede su obra padecerlo. Siente el renacimiento y su obra será el renacimiento.

Gracias Francesc por la belleza y las veladuras. Un abrazo.