sábado, 27 de mayo de 2017

Las fracturas

En la creciente división de las clases medias y populares: están los integrados que han podido mantener su puesto de trabajo y han salido airosos de la crisis, y también están los aparcados en el universo de la precariedad permanente.

A la fractura económica y social se ha unido la política territorial. Cada vez son más grandes las barreras ante una clase política encerrada en el espacio institucional y una ciudadanía que no se siente representada. El régimen se hace opaco, los partidos convencionales, en vez de favorecer la participación política la rechazan para no perder su oligopolio del poder.

Cuando la ciudadanía toma la palabra al margen de sistema de partidos, se lanzan sobre ella las etiquetas antipolítica y antisistema y se busca la menor oportunidad para criminalizar los movimientos sociales, como si la política fuera solo derecho de los que se pliegan al limitado juego de reparto entre la casta oficial.

Los ciudadanos no se sienten ni escuchados ni interpretados por los gobiernos, incapaces de asumir sus preocupaciones y, sobre todo, de otorgarles reconocimiento.  Las élites cada vez tienen más dificultades para entender lo que ocurre en la calle. El discurso tecnocrático de los índices y de las estadísticas es demoledor: donde hay problemas y personas los gobernantes sólo ven cifras. La política es el arte de actuar sobre los ciudadanos, y éstos, no son números, son individuos portadores de experiencias de vida.

También la estructura territorial está amenazada. Sin entrar en detalle en este nuevo episodio fruto del desajuste histórico entre España y Cataluña, entre el Estado y su base plurinacional, hay dos cuestiones relevantes:

-El fracaso del Estado de las Autonomías en su propósito de resolver el llamado encaje de las nacionalidades históricas.

-La aparición de los movimientos sociales como impulsores del independentismo catalán, que dan una nueva dimensión a la fractura política.

A estas fracturas específicas de la sociedad española habría que añadir otras que tienen que ver con la transformaciones del mundo: antropológicas (la aceleración, la brecha digital, la incorporación de la experiencia virtual a un ser hecho para el contacto y el tacto), culturales (los profundos cambios en las hitos referenciales de las personas, en cuestiones claves como la religión, el trabajo y la familia) y morales.

En un mundo en el que la satisfacción del individuo es el único valor compartido no hay lugar para la moral: esta empieza por la toma en consideración de la existencia de los otros. Quizás esta sea la fractura de todas las fracturas. La necesidad de moral es inherente a la conciencia  humana, si desapareciera se trataría de una mutación de la especie.

LA UTOPÍA CAMBIA DE BANDO

Vivimos en una especie de presente continuo. El horizonte de futuro parece bloqueado. Como una cantinela se repite que la próxima generación vivirá peor que sus padres.

Cómo abrir una transición sin saber a dónde vamos? La vida ocurre en el presente, pero el futuro es necesario para dar sentido a la política. La dificultad de pensar el futuro genera siempre dos peligrosos sucedáneos: el populismo y la utopía.

Populismo, prometer cosas aún a sabiendas de que son imposibles de cumplir.

Utopía: dibujar un escenario que no tiene lugar en el que hacerse realidad.

La idea de utopía siempre va acompañada de la presunción de que no hay límites. Y de hecho la inmensa burbuja de irresponsabilidad que condujo a la crisis de 2008 es la consecuencia de veinte años en que las élites difundieron la idea de que en materia económica todo era posible.

Contra el populismo y contra la utopía plutocrática sólo hay una receta: La reconstrucción positiva del mundo común, reconocido en su diversidad y en su realidad. Para combatir tanto a los que alimentan la figura abstracta de un pueblo único y homogéneo como los que niegan a la sociedad en nombre del individuo autosuficiente. La palabra y la escucha son los principales productores de vínculo social.

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