Cuando íbamos al colegio cada mañana y al regresar después a casa, pasábamos por delante de un instituto que ocupaba la mitad de una manzana. En una de las estudiantiles fachadas del edificio, un día, entreventanas pintaron un grafitti en negros, grises y blancos. Las formas que componían el grafitti se colaban cada mañana por mis infantiles pupilas sin apenas trascendencia, me resultaban extrañas e inentendibles, abstractas y en cierto modo vacías aunque despertaban en mí una cierta curiosidad. Pocos años después, en una clase de historia y ya con la mirada de una adolescente precoz pero no por ello distraída de las clases, el profesor Berastegui, pipa en mano, nos hizo abrir el libro por una página convenientemente ilustrada. Mientras Berastegui nos explicaba el contexto histórico y social de aquél 26 de abril de 1937 ocurrido en Guernica, la gama de negros, grises y blancos del graffiti alcanzaron significativas formas en mi mente, terroríficas, incendiarias...